¿Serás feliz?, me pregunto
cada mañana cuando te dejo en la entrada del edificio de la empresa. Nunca antes
se me hubiera ocurrido preguntártelo, no quiero que te preocupes, no quiero
preocuparme yo tampoco. No quiero ser la “mina” de esta relación. Me refiero a
que no quiero preocuparme de más o hacerme la cabeza por todo. Soy un varón,
como vos; no quiero defraudarte. Siento que, bien o mal, debería aprovechar que
nos viene de arriba ser así, más simples (en teoría), y usarlo a nuestro favor.
No quiero hacer nada para arruinar esto.
Yo estoy convencido. Sí,
estoy convencido. Esto tampoco te lo hubiera dicho, pero no por rebuscado. Me
da vergüenza; es un poco cursi, me parece. Pero bueno, yo soy feliz con vos. A mí me hacía feliz agarrar la camioneta los
sábados a la tarde, en invierno, cuando vos todavía trabajabas en la costa, y
pasarte a buscar para ir a ver nuestro terrenito. A partir de ahí querías
manejar vos y yo te dejaba porque me encantaba el entusiasmo con el que querías
llegar hasta la que iba a ser nuestra casa. Para mí eso era la felicidad pura,
pero al mismo tiempo te veía y por dentro pensaba “ojalá siempre te entusiasme
tanto nuestra vida juntos”. Yo cebaba el mate y viajábamos escuchando Moby o el
Sea Change de Beck que te había regalado
mi hermana –me acuerdo de las campanitas del primer tema y se me pone la piel
de gallina mal. Era tierra nomás lo que había entonces, ni siquiera un arbolito
alrededor, y la verdad es que así, tan peladito, tan desértico todo, a mí no me
parecía un lugar taaan lindo para vivir, pero no me importaba. Sí, porque ahí
iba a vivir con vos, comprometido, con suerte algún día hasta casado con vos,
quería decirte “esposo” y que nos riéramos de lo raro que nos sonaba al
principio.
De todo, lo más lindo del primer
día, incluso más lindo que mi hermano ayudándonos con la conexión del calefón,
fue el momento de irnos a dormir, a la noche. Salir del baño, después de hacer
un pis y cepillarme los dientes, y abrir la puerta y encontrarte ahí apoyado
contra el marco de la puerta de la habitación, con las manitos en los bolsillos
de tu pijama gris –ese que me caga de gusto cómo te queda- y con esa mueca que
hacés con la boca cuando te ponés en tierno, y que así me tomaras de la mano
para caminar juntos hasta el borde de nuestra nueva cama… me mató de amor. Me
mató. Y hacer el amor esa noche… Para mí desde esa vez mi cuerpo y el tuyo, mi
piel y tu piel, son una misma cosa. El estado natural de mi piel ahora es
desnuda junto a la tuya, también desnuda, y mucho más si es en nuestra cama. Cuando viajo a Rosario es
distinto, descanso de otra forma, qué sé yo, no es lo mismo. Tampoco quiero exagerar,
pero bueno, lo siento así.
Y sí, sé que vos también lo
sentís así, no es que piense que no. Yo me doy cuenta que al final del día,
cuando ya estamos en la cama y me contás algo que te preocupa, como ayer lo del
tema del préstamo de tu viejo, terminás de hablar y entonces te enroscas en mi
cuerpo, cerrás los ojos suspirando y sé que ahí sentís alivio. Lo sé porque a
mí también me pasa. Yo siento que nuestra energía se renueva al final de cada
día cuando nuestros cuerpos cansados se reencuentran en nuestra cama y se miman,
aún sin hacer el amor algunas veces. Eso es lo que nos renueva y nos da pila
para enfrentar el día siguiente y el otro y el otro y así. A mí nada, ningún
mal que pudiera tocarnos vivir, siento que podría vulnerar ese muro, ese cordón
de fuerza que se genera alrededor nuestro cuando nos atrincheramos en nuestro
lecho. Y te digo más, aquellas veces que hemos estado mal, como con lo del robo
de la oficina, y que, pese a la angustia y a las discusiones, igual hemos hecho
el amor antes de dormir, ahí es cuando más fuertes creo que nos hemos hecho,
eso sos vos adentro mío o yo adentro tuyo conteniéndonos, cuidándonos, apostando
el uno por el otro una vez más.
Perdón si suena re… qué sé
yo, re sensiblón todo esto. No, perdón no, porque justamente de eso se tratan
estas líneas que te escribo, de dejar de pedir perdón o dejar de hacer cosas
por las que tener que pedir perdón y directamente explicarte, o contarte, lo
que a mí me pasa. Ayer lo que quise decir no es que no soy feliz en esta
convivencia, sino que dudo de la convivencia en general. O le tengo miedo, en
realidad. Vos viste que tanto Lucas como Martín reconocen que lo que los mató a
ellos fue convivir, estar tan ensimismados, pasar tanto tiempo juntos, no
extrañarse. Y en la cena del otro día mi hermana y Joaquín al pasar dijeron
algo así como que al año de mudarse juntos empezaron a tener menos sexo. Yo
tengo miedo que eso nos pase a nosotros, esa es la verdad, aunque no nos esté
pasando ahora mismo, pero sí temo que en algún momento.
Juan:
yo te amo,
boludo. Y me chupa un huevo lo que diga la gente ahora sobre las relaciones de
pareja y no sé qué mierda… Vos sos el tipo que quiero para mí el resto de mi
vida, sea de la manera que tenga que ser. Es lo único que me importa. Y bueno,
a mí me cuesta un huevo expresarte estas cosas, estos miedos, porque siento que
es lo que va a terminar cagando todo al final. Pero lo hablé con Marcelo (por
suerte) y él me dijo que primero que nada tengo que poder hacerlo, tengo que
poder hablarte de estas cosas. Y él es mi hermano y confío en él y confío en
que nos quiere y nos quiere juntos, así que bueno, por eso me decidí a hacerlo
ahora.
Ni en pedo estoy pensando
que algo como lo que te voy a decir sería la salvación de nada (como tanto
criticamos de los hetero algunas veces), pero últimamente cuando nos dejan a
Emi en casa… vos viste que fluimos re bien juntos, la casa se pone más viva y
es como si tuviéramos más ganas de habitarla, o hacemos cosas que tal vez no
haríamos en otro momento, como lo de pintar la reja de atrás los tres juntos o
esa vez que nos subimos al techo a buscar la pelota y nos quedamos ahí mirando
cómo los chicos de la esquina hacían piruetas con las bicicletas en el campito.
Capaz que no fue por eso, no sé, no me animé a preguntarte, pero a mí me
pareció que te quedaste medio tristón el último domingo cuando tu hermana lo
paso a buscar a Emi. Y… yo te lo confieso: yo sí me quedé como raro, y cada vez
más, de hecho. No con vos, con nosotros,
es como si nos quedáramos sin algo más cada vez que se va el peque. Quiero
decir interiormente, a un nivel más profundo en nuestra relación.
¿Sabés, Juan? Yo lo que tengo
miedo a decirte es que, contra todos los riesgos de los que siempre hablamos y
todas las limitaciones que tenemos ahora mismo y que no podríamos pasar por
alto, en algún momento a mí me encantaría
tener un hijo o una hija con vos, mi amor. Que seamos papás, los dos,
juntos, que ampliemos nuestra familia, nuestro “cordón de fuerza”, que ocupemos
el cuarto de invitados, que hagamos planes, que le contemos al resto de la
familia, a nuestros papás, a nuestros
hermanos y hermanas... Pero sé que antes tengo que perder el miedo, y vos
también, porque vos también tenés miedo, y tenemos que poder hablarlo. Aunque
sea eso: empezar a hablarlo.
Esto te lo digo así, por
escrito, porque todavía soy medio cagón en esto de hablar, jaja… Pero bueno, es
la antesala a la charla que quiero proponerte que tengamos cuando vuelva a esta
noche. Si te parece. Si es así, esperame arriba, en nuestra cama. Y en bóxer.
:P
Te
ama, tu Manuel.
