lunes, 13 de enero de 2014

Enrique [segunda parte]


Cada vez que Enrique llamaba para avisar que iba a viajar a visitarnos durante el verano, yo confeccionaba enseguida una lista de números con los cuales llamar su atención: una pirueta de acrobacia recientemente aprendida, un cuaderno con dibujos nuevos, una pulsera artesanal con mi nombre cocido encima. Pero una vez que él llegaba, por fin, a la casa de campo, no le mostraba propiamente ninguna de esas cosas. Más bien me dedicaba a ignorarlo, al menos durante los primeros días, y en todo caso “improvisaba” una demostración espontánea frente a él, en apariencia desinteresada, pero con total intención de atraerlo (y traerlo) hacia mí, hacia mi mundo. Supongo que en el fondo lo que deseaba era conquistarlo cada vez. Y él era de una entrega y una apertura tal que en absoluto me costaba trabajo lograrlo. Siempre se interesaba por mí y mis asuntos de muy buena voluntad, incluso sabiendo de antemano –ahora lo puedo ver- el carácter ficticio de mi indiferencia y su finalidad.
Pero hubo un verano, uno de los últimos, en el que viajaron con él dos primos suyos, de su misma edad. Como ya no había lugar en las habitaciones de la casa montaron una carpa sobre el parque, en la que dormirían los tres juntos durante aquella estadía. Enrique estaba un poco distinto ese verano, como distraído, más allá incluso de la novedad que suponía la venida de los otros dos comensales. Ya no estaba tan atento a mí y yo por mi parte tampoco me animaba a acercarme demasiado a él. Llevar a cabo uno de mis actos de atracción me habría parecido una osadía frente a las dos nuevas hienas, las cuales me despertaban tanto temor como celos.
Entre ellos, y especialmente en el tiempo que compartían dentro de la carpa, practicaban una complicidad extraña para mí, que me excluía de sus conversaciones y sus humoradas porque no los entendía y me parecían indescifrables, aunque en algún lugar de mi cabeza de niño fuera capaz de percibir que aquello encerraba alguna cosa de la que yo no debía estar enterado.  En una ocasión estaban tan tentados los tres a propósito de algo que había ocurrido con la bermuda de alguno de ellos que yo, hastiado ya de no entender nada, les exigí que me explicaran la gracia de lo que había sucedido pero ninguno fue capaz de hacerlo. Enrique no se mostraba a gusto con la situación, es decir, con mi presencia en aquellas tertulias de “muchachos más grandes” que ellos celebraban, y ante la inminencia de algo que percibí como indebido para mis años, les eché una mirada acusadora a los tres y abandoné la carpa.
Luego tendría oportunidad de descubrir o, más bien, comprender mejor de qué iba todo el asunto. Una tarde en la que todos se habían recostado a dormir la siesta, los vi a los tres inmiscuirse en la complicidad solitaria y silenciosa de la pileta y, espiándolos por detrás de un árbol, pude ver que jugaban a bajarse por turnos el traje de baño bajo el agua y mostrar el sexo a los demás. El más entusiasta era Fernando, que justo cuando yo eché el ojo se reía haciendo galantería de sus nalgas blancas y redondas como un par de platos de porcelana. No necesité ver más, no porque aquello me hubiera perturbado ni tampoco sorprendido, sino que entonces pude percibir cómo entre Enrique y yo empezaba a abrirse una grieta que, temí, nos distanciaría irreversiblemente.
Antes de lo que yo esperaba, Justo y Fernando (es decir, las hienas) por fin continuaron viaje y entonces, pensé, Enrique volvería a ser sólo para mí otra vez. Y así fue en gran parte, sólo que en ocasiones notaba que por cada vez que tomaba una ducha se demoraba en el baño un poco más de la cuenta o que su aliento olía de una manera extraña cuando regresaba de hacer alguna compra en el almacén. El resto de aquel último verano lo pasamos todos juntos entretenidos con juegos de cartas que sólo él conocía, jugando partidos de volley –él se movía tan bien, con tanta gracia y destreza-, o escuchando y cantando canciones grabadas  por él en cassettes, las cuales seleccionaba y editaba con un buen gusto y un sentido del detalle tal que aquellas cintas era lo único que se escuchaba por cada temporada. Sin darme cuenta, con el tiempo aquellos pasatiempos se convertirían en mis favoritos, incluso luego de que Enrique dejara de visitarnos.