Cada vez que Enrique llamaba
para avisar que iba a viajar a visitarnos durante el verano, yo confeccionaba
enseguida una lista de números con los cuales llamar su atención: una pirueta
de acrobacia recientemente aprendida, un cuaderno con dibujos nuevos, una
pulsera artesanal con mi nombre cocido encima. Pero una vez que él llegaba, por
fin, a la casa de campo, no le mostraba propiamente ninguna de esas cosas. Más
bien me dedicaba a ignorarlo, al menos durante los primeros días, y en todo
caso “improvisaba” una demostración espontánea frente a él, en apariencia
desinteresada, pero con total intención de atraerlo (y traerlo) hacia mí, hacia
mi mundo. Supongo que en el fondo lo que deseaba era conquistarlo cada vez. Y
él era de una entrega y una apertura tal que en absoluto me costaba trabajo
lograrlo. Siempre se interesaba por mí y mis asuntos de muy buena voluntad,
incluso sabiendo de antemano –ahora lo puedo ver- el carácter ficticio de mi
indiferencia y su finalidad.
Pero hubo un verano, uno de los
últimos, en el que viajaron con él dos primos suyos, de su misma edad. Como ya
no había lugar en las habitaciones de la casa montaron una carpa sobre el
parque, en la que dormirían los tres juntos durante aquella estadía. Enrique
estaba un poco distinto ese verano, como distraído, más allá incluso de la
novedad que suponía la venida de los otros dos comensales. Ya no estaba tan
atento a mí y yo por mi parte tampoco me animaba a acercarme demasiado a él.
Llevar a cabo uno de mis actos de atracción me habría parecido una osadía
frente a las dos nuevas hienas, las cuales me despertaban tanto temor como
celos.
Entre ellos, y especialmente en
el tiempo que compartían dentro de la carpa, practicaban una complicidad
extraña para mí, que me excluía de sus conversaciones y sus humoradas porque no
los entendía y me parecían indescifrables, aunque en algún lugar de mi cabeza
de niño fuera capaz de percibir que aquello encerraba alguna cosa de la que yo
no debía estar enterado. En una ocasión
estaban tan tentados los tres a propósito de algo que había ocurrido con la
bermuda de alguno de ellos que yo, hastiado ya de no entender nada, les exigí
que me explicaran la gracia de lo que había sucedido pero ninguno fue capaz de
hacerlo. Enrique no se mostraba a gusto con la situación, es decir, con mi
presencia en aquellas tertulias de “muchachos más grandes” que ellos celebraban,
y ante la inminencia de algo que percibí como indebido para mis años, les eché
una mirada acusadora a los tres y abandoné la carpa.
Luego tendría oportunidad de
descubrir o, más bien, comprender mejor de qué iba todo el asunto. Una tarde en
la que todos se habían recostado a dormir la siesta, los vi a los tres
inmiscuirse en la complicidad solitaria y silenciosa de la pileta y,
espiándolos por detrás de un árbol, pude ver que jugaban a bajarse por turnos
el traje de baño bajo el agua y mostrar el sexo a los demás. El más entusiasta
era Fernando, que justo cuando yo eché el ojo se reía haciendo galantería de
sus nalgas blancas y redondas como un par de platos de porcelana. No necesité
ver más, no porque aquello me hubiera perturbado ni tampoco sorprendido, sino
que entonces pude percibir cómo entre Enrique y yo empezaba a abrirse una
grieta que, temí, nos distanciaría irreversiblemente.
Antes de lo que yo esperaba,
Justo y Fernando (es decir, las hienas) por fin continuaron viaje y entonces,
pensé, Enrique volvería a ser sólo para mí otra vez. Y así fue en gran parte,
sólo que en ocasiones notaba que por cada vez que tomaba una ducha se demoraba en
el baño un poco más de la cuenta o que su aliento olía de una manera extraña
cuando regresaba de hacer alguna compra en el almacén. El resto de aquel último
verano lo pasamos todos juntos entretenidos con juegos de cartas que sólo él
conocía, jugando partidos de volley –él se movía tan bien, con tanta gracia y
destreza-, o escuchando y cantando canciones grabadas por él en cassettes, las cuales seleccionaba y
editaba con un buen gusto y un sentido del detalle tal que aquellas cintas era
lo único que se escuchaba por cada temporada. Sin darme cuenta, con el tiempo
aquellos pasatiempos se convertirían en mis favoritos, incluso luego de que
Enrique dejara de visitarnos.