Ella rubia, linda. Comúnmente,
pero linda. Pelo largo, seguro con claritos, perfumado, siempre, como el de
todas. A él no le puede ver la cara, justo le da la espalda a Marco, pero lo ve
inclinarse sobre ella, arrimarle besos. No deben ser en la boca (Marco no
alcanza a ver eso tampoco), o no todos, porque ella se deja besar pero al mismo
tiempo le sigue hablando. Quizá porque se lo toma con naturalidad, quizá porque
son besos comunes, que se dan en todas partes, delante de cualquiera, sin que
nadie, como en este caso el resto de los pasajeros, repare en ello. ¿Por qué
habrían de importarles los demás?
Con Eugenia sintió una
conexión especial desde el primer día. Aquella vez que le pidió cambiarse a su
comisión de alumnos, esperó a que terminara la clase para hablar a solas con
ella. Incluso estando ya los dos solos, Marco sin saber por qué se puso un poco
nervioso al intentar decírselo. Habló con timidez, como si se tratara de un
escolar buscando en su mochila las palabras más pomposas para declararle su
amor a una compañerita de curso.
Él cada tanto vuelve a
besarla, como por inercia. El apretujo de cuerpos hace que pueda estrechar aún
más el suyo contra el de ella, que cada vez está más arrinconado entre la
ventanilla y la baranda para discapacitados. Es como si fuera él quien la
sostiene en pie en lugar de sus propias piernas. Debe estar deseándola; quizá
esta excitado, aunque no parece sólo desearla sexualmente. Ante todo, sus
caricias parecen tiernas. A Marco le resulta curioso.
Se volvió costumbre
quedarse después de hora para hablar con ella, aunque no tuviera importantes
razones para hacerlo. Ella parecía disfrutar de ese espacio de confidencia que
había empezado a generarse entre los dos. Era evidente que sentían una afinidad
mutua, pero Marco no terminaba de descifrar la forma de aquel interés que
sentía el uno por el otro. Alguna vez ella le había regalado un caramelo de
dulce de leche al despedirse. Y en otra ocasión, tuve para con él la especial
atención de devolverle una entrega antes de la fecha establecida sólo porque él
le había comentado que debía viajar unos días antes. ¿Podía ser que la
profesora se sintiera atraída por él? Después de todo, sabía que Marco era un
par de años mayor que el resto de los alumnos, aunque aquello en sí no podía
significar nada. De cualquier modo, ¿acoso tampoco
ella se daba cuenta? No era algo que él se hubiera propuesto disimular nunca. Y
aunque de todos modos se lo hubiera propuesto alguna vez, Marco dudaba que
sirviera de algo. Por empezar, ¿qué sería lo que debía disimular realmente?
Con la vecina del
departamento contiguo, por ejemplo. ¿Acaso había impostado aquella pose de
galán de novela al atenderla con el brazo alzado sobre el marco de la puerta la
vez que ella le había tocado el timbre para pedirle que le matara una
cucaracha? ¿Y su actitud canchera y a la vez amable (seductora, al fin) al
explicarle que, a diferencia de lo que ella temía, la mayoría de las cucarachas
no vuelan, no había sido también un gesto deliberado? En cualquier caso, Marco
tenía a buen saber que por alguna curiosa razón que él no terminaba de
comprender aún (al punto de considerar la posible incidencia de una determinada
entidad de orden sobrenatural sobre el hecho) siempre había resultado
particularmente atractivo a las mujeres.
Marco fija la vista en
uno de los vértices de la ventanilla inmediatamente próximo a los labios de los
amantes porque sabe que de esa manera puede observarlos indirectamente (y percibir
lo que dicen) sin que ellos lo noten. Ella habla de un sueño que tuvo, un sueño
en el que aparecían Néstor y Cristina Kirchner y que le había resultado muy
gracioso. Él entonces se ríe y al hacerlo echa una mirada por encima de su
hombro revelando por una fracción de segundos su rostro a los ojos de Marco. Tiene
el pelo cortado al ras, de un color rubio opaco, la nariz respingada, no muy
pronunciada, los ojos grises (“ojos del tiempo”, que le dicen), barba pero poquita,
de no más de dos días. Es lindo. Comúnmente lindo. Como ella. Como para ella. Se corresponden. Es fácil
darse cuenta. A Marco le parece tan, pero tan fácil.
Ahora deja de
observarlos. En cualquier caso, no tiene nada que disimular. Sigue con la vista
sobre la ventanilla pero ahora mira a través de ella. Ve las cosas pasar mientras
levemente aprieta el contorno del labio inferior entre los dientes.
***