viernes, 13 de septiembre de 2013

Deseos de cosas

Ella rubia, linda. Comúnmente, pero linda. Pelo largo, seguro con claritos, perfumado, siempre, como el de todas. A él no le puede ver la cara, justo le da la espalda a Marco, pero lo ve inclinarse sobre ella, arrimarle besos. No deben ser en la boca (Marco no alcanza a ver eso tampoco), o no todos, porque ella se deja besar pero al mismo tiempo le sigue hablando. Quizá porque se lo toma con naturalidad, quizá porque son besos comunes, que se dan en todas partes, delante de cualquiera, sin que nadie, como en este caso el resto de los pasajeros, repare en ello. ¿Por qué habrían de importarles los demás?
Con Eugenia sintió una conexión especial desde el primer día. Aquella vez que le pidió cambiarse a su comisión de alumnos, esperó a que terminara la clase para hablar a solas con ella. Incluso estando ya los dos solos, Marco sin saber por qué se puso un poco nervioso al intentar decírselo. Habló con timidez, como si se tratara de un escolar buscando en su mochila las palabras más pomposas para declararle su amor a una compañerita de curso.
Él cada tanto vuelve a besarla, como por inercia. El apretujo de cuerpos hace que pueda estrechar aún más el suyo contra el de ella, que cada vez está más arrinconado entre la ventanilla y la baranda para discapacitados. Es como si fuera él quien la sostiene en pie en lugar de sus propias piernas. Debe estar deseándola; quizá esta excitado, aunque no parece sólo desearla sexualmente. Ante todo, sus caricias parecen tiernas. A Marco le resulta curioso.
Se volvió costumbre quedarse después de hora para hablar con ella, aunque no tuviera importantes razones para hacerlo. Ella parecía disfrutar de ese espacio de confidencia que había empezado a generarse entre los dos. Era evidente que sentían una afinidad mutua, pero Marco no terminaba de descifrar la forma de aquel interés que sentía el uno por el otro. Alguna vez ella le había regalado un caramelo de dulce de leche al despedirse. Y en otra ocasión, tuve para con él la especial atención de devolverle una entrega antes de la fecha establecida sólo porque él le había comentado que debía viajar unos días antes. ¿Podía ser que la profesora se sintiera atraída por él? Después de todo, sabía que Marco era un par de años mayor que el resto de los alumnos, aunque aquello en sí no podía significar nada. De cualquier modo, ¿acoso tampoco ella se daba cuenta? No era algo que él se hubiera propuesto disimular nunca. Y aunque de todos modos se lo hubiera propuesto alguna vez, Marco dudaba que sirviera de algo. Por empezar, ¿qué sería lo que debía disimular realmente?
Con la vecina del departamento contiguo, por ejemplo. ¿Acaso había impostado aquella pose de galán de novela al atenderla con el brazo alzado sobre el marco de la puerta la vez que ella le había tocado el timbre para pedirle que le matara una cucaracha? ¿Y su actitud canchera y a la vez amable (seductora, al fin) al explicarle que, a diferencia de lo que ella temía, la mayoría de las cucarachas no vuelan, no había sido también un gesto deliberado? En cualquier caso, Marco tenía a buen saber que por alguna curiosa razón que él no terminaba de comprender aún (al punto de considerar la posible incidencia de una determinada entidad de orden sobrenatural sobre el hecho) siempre había resultado particularmente atractivo a las mujeres.
Marco fija la vista en uno de los vértices de la ventanilla inmediatamente próximo a los labios de los amantes porque sabe que de esa manera puede observarlos indirectamente (y percibir lo que dicen) sin que ellos lo noten. Ella habla de un sueño que tuvo, un sueño en el que aparecían Néstor y Cristina Kirchner y que le había resultado muy gracioso. Él entonces se ríe y al hacerlo echa una mirada por encima de su hombro revelando por una fracción de segundos su rostro a los ojos de Marco. Tiene el pelo cortado al ras, de un color rubio opaco, la nariz respingada, no muy pronunciada, los ojos grises (“ojos del tiempo”, que le dicen), barba pero poquita, de no más de dos días. Es lindo. Comúnmente lindo. Como ella. Como para ella. Se corresponden. Es fácil darse cuenta. A Marco le parece tan, pero tan fácil. 
Ahora deja de observarlos. En cualquier caso, no tiene nada que disimular. Sigue con la vista sobre la ventanilla pero ahora mira a través de ella. Ve las cosas pasar mientras levemente aprieta el contorno del labio inferior entre los dientes.

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Te vi by Julieta Venegas on Grooveshark