No fue hasta hace poco, pero una vez que me di cuenta me
resultó evidente. Bueno, ahora lo veo así ahora porque soy más grande. En aquel
entonces, ¿cuántos años tendría yo?, ¿nueve, diez? Todavía no pensaba en el
amor ni en sus efectos. De hecho, no creo que fuera correcto hablar de él como
un primer amor. Lo de Enrique fue algo más intuitivo, menos intenso que el amor
pero bastante más apasionado. Enrique fue la primera persona de la que me
enamoré.
Sí, persona, porque yo no veía a Enrique en calidad de
hombre, ni hubiera podido hacerlo aunque me lo propusiera. Mi orientación
sexual era algo ya latente en mí, pero se veía reflejada más en mi poca afición
–qué digo poca afición; negación directamente- a jugar a la pelota y, en
cambio, en mi fanatismo ferviente por Sailor Moon. Tampoco es que él fuera ya
un hombre, si recién habría empezado a afeitarse el bigote durante aquel primer
verano. Pero al margen de sus años, había una sensibilidad especial en Enrique
que lo hacía diferente al resto de los varones que habitaban mi mundo. Al lado
de esas hienas brutas y siempre acechantes, Enrique sería para mí como un
ciervo, sobrio, apacible. A él era fácil acercarse. En todo caso, ni hacía
falta hacerlo porque él solo se daba a mí. Bueno, a todos, quiero decir. Yo no
lo deseaba a Enrique, lo mío era adoración. Pese a la diferencia de edad, él
siempre estaba atento a mí y a mis andanzas. Cuando íbamos todos a la pileta,
se la pasaba jugando conmigo en al agua, me hacía dar chapuzones arrojándome al
aire, me perseguía para atraparme y hacerme cosquillas. Nunca antes un hombre
había sido tan cariñoso conmigo. Enrique me llenaba de besos y abrazos todo el
tiempo. Era muy dulce y tierno.
Un día frente al espejo del baño me descubrí un hematoma
sobre unas de las mejillas. Como los días pasaban y no se me iba, incluso hasta
parecía pronunciarse cada vez más, se lo enseñé intrigado a mí mamá y ella
asumió que me habría golpeado jugando en la pileta o que se trataría de una
roncha fruto de la picadura de algún bichito de los que hay allá en el campo.
Fue en medio de uno de los ataques espontáneos de mimos a los que Enrique me
tenía acostumbrado que me di cuenta que su “beso aspiradora” era lo que me
había hecho aparecer el hematoma. Para mí fue un hecho muy curioso porque yo
ignoraba que al succionar con los labios de ese modo se puede producir tal
efecto sobre la piel, pero ante todo era capaz de traducir aquel gesto como un
signo de la confianza y el cariño que existía entre nosotros.
Ese enlace, ese lugar de encuentro a través del cuerpo con
un hombre, con una persona de mí mismo sexo, me producía una sensación única,
una sensación cálida, grata y reconfortante. Cuando más patentemente la
experimenté fue una noche en que salimos todos, en familia, a comer afuera.
Había solo dos coches disponibles y como éramos muchos y yo era el más pequeño
de todos, debía viajar sentado sobre la falda de alguno de los “más grandes”.
Sin pensarlo dos veces, todos me fueron pasando de una falta en otra hasta
entregarme en la de Enrique; así de conscientes eran también los demás de lo
unidos que éramos él y yo. Durante el viaje hacia el pueblo vecino me quedé
dormido sobre su hombro y sin querer babeé sobre el costado de su cuello.
Cuando de repente desperté y tanteé su pecho húmedo, la vergüenza se apoderó de
mí y apenas pude susurrarle un “perdón” tímido al oído, quizá sintiéndome
pudoroso también de que los demás se enteraran del accidente. Enrique me miró
con ternura y, en voz baja, como en secreto, me dijo que no había pasado nada.
Entonces, con su mano, volvió a apoyar mi cabeza sobre su hombro. Lo sentí
entonces y lo sostengo ahora: aquel fue un gesto de amor hermoso. Así fue que,
cautivado por él, por su gesto, cedí ante el peso de su mano y me dejé dormir
encima suyo otra vez, ahora colmado de gozo.