lunes, 25 de noviembre de 2013

Enrique [primera parte]



No fue hasta hace poco, pero una vez que me di cuenta me resultó evidente. Bueno, ahora lo veo así ahora porque soy más grande. En aquel entonces, ¿cuántos años tendría yo?, ¿nueve, diez? Todavía no pensaba en el amor ni en sus efectos. De hecho, no creo que fuera correcto hablar de él como un primer amor. Lo de Enrique fue algo más intuitivo, menos intenso que el amor pero bastante más apasionado. Enrique fue la primera persona de la que me enamoré.
Sí, persona, porque yo no veía a Enrique en calidad de hombre, ni hubiera podido hacerlo aunque me lo propusiera. Mi orientación sexual era algo ya latente en mí, pero se veía reflejada más en mi poca afición –qué digo poca afición; negación directamente- a jugar a la pelota y, en cambio, en mi fanatismo ferviente por Sailor Moon. Tampoco es que él fuera ya un hombre, si recién habría empezado a afeitarse el bigote durante aquel primer verano. Pero al margen de sus años, había una sensibilidad especial en Enrique que lo hacía diferente al resto de los varones que habitaban mi mundo. Al lado de esas hienas brutas y siempre acechantes, Enrique sería para mí como un ciervo, sobrio, apacible. A él era fácil acercarse. En todo caso, ni hacía falta hacerlo porque él solo se daba a mí. Bueno, a todos, quiero decir. Yo no lo deseaba a Enrique, lo mío era adoración. Pese a la diferencia de edad, él siempre estaba atento a mí y a mis andanzas. Cuando íbamos todos a la pileta, se la pasaba jugando conmigo en al agua, me hacía dar chapuzones arrojándome al aire, me perseguía para atraparme y hacerme cosquillas. Nunca antes un hombre había sido tan cariñoso conmigo. Enrique me llenaba de besos y abrazos todo el tiempo. Era muy dulce y tierno.
Un día frente al espejo del baño me descubrí un hematoma sobre unas de las mejillas. Como los días pasaban y no se me iba, incluso hasta parecía pronunciarse cada vez más, se lo enseñé intrigado a mí mamá y ella asumió que me habría golpeado jugando en la pileta o que se trataría de una roncha fruto de la picadura de algún bichito de los que hay allá en el campo. Fue en medio de uno de los ataques espontáneos de mimos a los que Enrique me tenía acostumbrado que me di cuenta que su “beso aspiradora” era lo que me había hecho aparecer el hematoma. Para mí fue un hecho muy curioso porque yo ignoraba que al succionar con los labios de ese modo se puede producir tal efecto sobre la piel, pero ante todo era capaz de traducir aquel gesto como un signo de la confianza y el cariño que existía entre nosotros.

Ese enlace, ese lugar de encuentro a través del cuerpo con un hombre, con una persona de mí mismo sexo, me producía una sensación única, una sensación cálida, grata y reconfortante. Cuando más patentemente la experimenté fue una noche en que salimos todos, en familia, a comer afuera. Había solo dos coches disponibles y como éramos muchos y yo era el más pequeño de todos, debía viajar sentado sobre la falda de alguno de los “más grandes”. Sin pensarlo dos veces, todos me fueron pasando de una falta en otra hasta entregarme en la de Enrique; así de conscientes eran también los demás de lo unidos que éramos él y yo. Durante el viaje hacia el pueblo vecino me quedé dormido sobre su hombro y sin querer babeé sobre el costado de su cuello. Cuando de repente desperté y tanteé su pecho húmedo, la vergüenza se apoderó de mí y apenas pude susurrarle un “perdón” tímido al oído, quizá sintiéndome pudoroso también de que los demás se enteraran del accidente. Enrique me miró con ternura y, en voz baja, como en secreto, me dijo que no había pasado nada. Entonces, con su mano, volvió a apoyar mi cabeza sobre su hombro. Lo sentí entonces y lo sostengo ahora: aquel fue un gesto de amor hermoso. Así fue que, cautivado por él, por su gesto, cedí ante el peso de su mano y me dejé dormir encima suyo otra vez, ahora colmado de gozo.

viernes, 13 de septiembre de 2013

Deseos de cosas

Ella rubia, linda. Comúnmente, pero linda. Pelo largo, seguro con claritos, perfumado, siempre, como el de todas. A él no le puede ver la cara, justo le da la espalda a Marco, pero lo ve inclinarse sobre ella, arrimarle besos. No deben ser en la boca (Marco no alcanza a ver eso tampoco), o no todos, porque ella se deja besar pero al mismo tiempo le sigue hablando. Quizá porque se lo toma con naturalidad, quizá porque son besos comunes, que se dan en todas partes, delante de cualquiera, sin que nadie, como en este caso el resto de los pasajeros, repare en ello. ¿Por qué habrían de importarles los demás?
Con Eugenia sintió una conexión especial desde el primer día. Aquella vez que le pidió cambiarse a su comisión de alumnos, esperó a que terminara la clase para hablar a solas con ella. Incluso estando ya los dos solos, Marco sin saber por qué se puso un poco nervioso al intentar decírselo. Habló con timidez, como si se tratara de un escolar buscando en su mochila las palabras más pomposas para declararle su amor a una compañerita de curso.
Él cada tanto vuelve a besarla, como por inercia. El apretujo de cuerpos hace que pueda estrechar aún más el suyo contra el de ella, que cada vez está más arrinconado entre la ventanilla y la baranda para discapacitados. Es como si fuera él quien la sostiene en pie en lugar de sus propias piernas. Debe estar deseándola; quizá esta excitado, aunque no parece sólo desearla sexualmente. Ante todo, sus caricias parecen tiernas. A Marco le resulta curioso.
Se volvió costumbre quedarse después de hora para hablar con ella, aunque no tuviera importantes razones para hacerlo. Ella parecía disfrutar de ese espacio de confidencia que había empezado a generarse entre los dos. Era evidente que sentían una afinidad mutua, pero Marco no terminaba de descifrar la forma de aquel interés que sentía el uno por el otro. Alguna vez ella le había regalado un caramelo de dulce de leche al despedirse. Y en otra ocasión, tuve para con él la especial atención de devolverle una entrega antes de la fecha establecida sólo porque él le había comentado que debía viajar unos días antes. ¿Podía ser que la profesora se sintiera atraída por él? Después de todo, sabía que Marco era un par de años mayor que el resto de los alumnos, aunque aquello en sí no podía significar nada. De cualquier modo, ¿acoso tampoco ella se daba cuenta? No era algo que él se hubiera propuesto disimular nunca. Y aunque de todos modos se lo hubiera propuesto alguna vez, Marco dudaba que sirviera de algo. Por empezar, ¿qué sería lo que debía disimular realmente?
Con la vecina del departamento contiguo, por ejemplo. ¿Acaso había impostado aquella pose de galán de novela al atenderla con el brazo alzado sobre el marco de la puerta la vez que ella le había tocado el timbre para pedirle que le matara una cucaracha? ¿Y su actitud canchera y a la vez amable (seductora, al fin) al explicarle que, a diferencia de lo que ella temía, la mayoría de las cucarachas no vuelan, no había sido también un gesto deliberado? En cualquier caso, Marco tenía a buen saber que por alguna curiosa razón que él no terminaba de comprender aún (al punto de considerar la posible incidencia de una determinada entidad de orden sobrenatural sobre el hecho) siempre había resultado particularmente atractivo a las mujeres.
Marco fija la vista en uno de los vértices de la ventanilla inmediatamente próximo a los labios de los amantes porque sabe que de esa manera puede observarlos indirectamente (y percibir lo que dicen) sin que ellos lo noten. Ella habla de un sueño que tuvo, un sueño en el que aparecían Néstor y Cristina Kirchner y que le había resultado muy gracioso. Él entonces se ríe y al hacerlo echa una mirada por encima de su hombro revelando por una fracción de segundos su rostro a los ojos de Marco. Tiene el pelo cortado al ras, de un color rubio opaco, la nariz respingada, no muy pronunciada, los ojos grises (“ojos del tiempo”, que le dicen), barba pero poquita, de no más de dos días. Es lindo. Comúnmente lindo. Como ella. Como para ella. Se corresponden. Es fácil darse cuenta. A Marco le parece tan, pero tan fácil. 
Ahora deja de observarlos. En cualquier caso, no tiene nada que disimular. Sigue con la vista sobre la ventanilla pero ahora mira a través de ella. Ve las cosas pasar mientras levemente aprieta el contorno del labio inferior entre los dientes.

***
Te vi by Julieta Venegas on Grooveshark

sábado, 3 de agosto de 2013

Los días

¿Serás feliz?, me pregunto cada mañana cuando te dejo en la entrada del edificio de la empresa. Nunca antes se me hubiera ocurrido preguntártelo, no quiero que te preocupes, no quiero preocuparme yo tampoco. No quiero ser la “mina” de esta relación. Me refiero a que no quiero preocuparme de más o hacerme la cabeza por todo. Soy un varón, como vos; no quiero defraudarte. Siento que, bien o mal, debería aprovechar que nos viene de arriba ser así, más simples (en teoría), y usarlo a nuestro favor. No quiero hacer nada para arruinar esto.
Yo estoy convencido. Sí, estoy convencido. Esto tampoco te lo hubiera dicho, pero no por rebuscado. Me da vergüenza; es un poco cursi, me parece. Pero bueno, yo soy feliz con vos. A mí me hacía feliz agarrar la camioneta los sábados a la tarde, en invierno, cuando vos todavía trabajabas en la costa, y pasarte a buscar para ir a ver nuestro terrenito. A partir de ahí querías manejar vos y yo te dejaba porque me encantaba el entusiasmo con el que querías llegar hasta la que iba a ser nuestra casa. Para mí eso era la felicidad pura, pero al mismo tiempo te veía y por dentro pensaba “ojalá siempre te entusiasme tanto nuestra vida juntos”. Yo cebaba el mate y viajábamos escuchando Moby o el Sea Change de Beck que te había regalado mi hermana –me acuerdo de las campanitas del primer tema y se me pone la piel de gallina mal. Era tierra nomás lo que había entonces, ni siquiera un arbolito alrededor, y la verdad es que así, tan peladito, tan desértico todo, a mí no me parecía un lugar taaan lindo para vivir, pero no me importaba. Sí, porque ahí iba a vivir con vos, comprometido, con suerte algún día hasta casado con vos, quería decirte “esposo” y que nos riéramos de lo raro que nos sonaba al principio.
De todo, lo más lindo del primer día, incluso más lindo que mi hermano ayudándonos con la conexión del calefón, fue el momento de irnos a dormir, a la noche. Salir del baño, después de hacer un pis y cepillarme los dientes, y abrir la puerta y encontrarte ahí apoyado contra el marco de la puerta de la habitación, con las manitos en los bolsillos de tu pijama gris –ese que me caga de gusto cómo te queda- y con esa mueca que hacés con la boca cuando te ponés en tierno, y que así me tomaras de la mano para caminar juntos hasta el borde de nuestra nueva cama… me mató de amor. Me mató. Y hacer el amor esa noche… Para mí desde esa vez mi cuerpo y el tuyo, mi piel y tu piel, son una misma cosa. El estado natural de mi piel ahora es desnuda junto a la tuya, también desnuda, y mucho más si es en nuestra cama. Cuando viajo a Rosario es distinto, descanso de otra forma, qué sé yo, no es lo mismo. Tampoco quiero exagerar, pero bueno, lo siento así.
Y sí, sé que vos también lo sentís así, no es que piense que no. Yo me doy cuenta que al final del día, cuando ya estamos en la cama y me contás algo que te preocupa, como ayer lo del tema del préstamo de tu viejo, terminás de hablar y entonces te enroscas en mi cuerpo, cerrás los ojos suspirando y sé que ahí sentís alivio. Lo sé porque a mí también me pasa. Yo siento que nuestra energía se renueva al final de cada día cuando nuestros cuerpos cansados se reencuentran en nuestra cama y se miman, aún sin hacer el amor algunas veces. Eso es lo que nos renueva y nos da pila para enfrentar el día siguiente y el otro y el otro y así. A mí nada, ningún mal que pudiera tocarnos vivir, siento que podría vulnerar ese muro, ese cordón de fuerza que se genera alrededor nuestro cuando nos atrincheramos en nuestro lecho. Y te digo más, aquellas veces que hemos estado mal, como con lo del robo de la oficina, y que, pese a la angustia y a las discusiones, igual hemos hecho el amor antes de dormir, ahí es cuando más fuertes creo que nos hemos hecho, eso sos vos adentro mío o yo adentro tuyo conteniéndonos, cuidándonos, apostando el uno por el otro una vez más.
Perdón si suena re… qué sé yo, re sensiblón todo esto. No, perdón no, porque justamente de eso se tratan estas líneas que te escribo, de dejar de pedir perdón o dejar de hacer cosas por las que tener que pedir perdón y directamente explicarte, o contarte, lo que a mí me pasa. Ayer lo que quise decir no es que no soy feliz en esta convivencia, sino que dudo de la convivencia en general. O le tengo miedo, en realidad. Vos viste que tanto Lucas como Martín reconocen que lo que los mató a ellos fue convivir, estar tan ensimismados, pasar tanto tiempo juntos, no extrañarse. Y en la cena del otro día mi hermana y Joaquín al pasar dijeron algo así como que al año de mudarse juntos empezaron a tener menos sexo. Yo tengo miedo que eso nos pase a nosotros, esa es la verdad, aunque no nos esté pasando ahora mismo, pero sí temo que en algún momento.
Juan: yo te amo, boludo. Y me chupa un huevo lo que diga la gente ahora sobre las relaciones de pareja y no sé qué mierda… Vos sos el tipo que quiero para mí el resto de mi vida, sea de la manera que tenga que ser. Es lo único que me importa. Y bueno, a mí me cuesta un huevo expresarte estas cosas, estos miedos, porque siento que es lo que va a terminar cagando todo al final. Pero lo hablé con Marcelo (por suerte) y él me dijo que primero que nada tengo que poder hacerlo, tengo que poder hablarte de estas cosas. Y él es mi hermano y confío en él y confío en que nos quiere y nos quiere juntos, así que bueno, por eso me decidí a hacerlo ahora.
Ni en pedo estoy pensando que algo como lo que te voy a decir sería la salvación de nada (como tanto criticamos de los hetero algunas veces), pero últimamente cuando nos dejan a Emi en casa… vos viste que fluimos re bien juntos, la casa se pone más viva y es como si tuviéramos más ganas de habitarla, o hacemos cosas que tal vez no haríamos en otro momento, como lo de pintar la reja de atrás los tres juntos o esa vez que nos subimos al techo a buscar la pelota y nos quedamos ahí mirando cómo los chicos de la esquina hacían piruetas con las bicicletas en el campito. Capaz que no fue por eso, no sé, no me animé a preguntarte, pero a mí me pareció que te quedaste medio tristón el último domingo cuando tu hermana lo paso a buscar a Emi. Y… yo te lo confieso: yo sí me quedé como raro, y cada vez más, de hecho. No con vos,  con nosotros, es como si nos quedáramos sin algo más cada vez que se va el peque. Quiero decir interiormente, a un nivel más profundo en nuestra relación.
¿Sabés, Juan? Yo lo que tengo miedo a decirte es que, contra todos los riesgos de los que siempre hablamos y todas las limitaciones que tenemos ahora mismo y que no podríamos pasar por alto, en algún momento a mí me encantaría tener un hijo o una hija con vos, mi amor. Que seamos papás, los dos, juntos, que ampliemos nuestra familia, nuestro “cordón de fuerza”, que ocupemos el cuarto de invitados, que hagamos planes, que le contemos al resto de la familia, a nuestros papás, a nuestros hermanos y hermanas... Pero sé que antes tengo que perder el miedo, y vos también, porque vos también tenés miedo, y tenemos que poder hablarlo. Aunque sea eso: empezar a hablarlo.
Esto te lo digo así, por escrito, porque todavía soy medio cagón en esto de hablar, jaja… Pero bueno, es la antesala a la charla que quiero proponerte que tengamos cuando vuelva a esta noche. Si te parece. Si es así, esperame arriba, en nuestra cama. Y en bóxer. :P


Te ama, tu Manuel. 

viernes, 26 de julio de 2013

Destello

Puede que sea una idea fundada eso de que la felicidad en la vida diaria son pequeños momentos, fugaces, pasajeros. Si efectivamente es así o no, no lo sé. Desconozco si naturalmente se dan condiciones universales sobre la existencia; en todo caso, pienso que cada vida constituye un universo de por sí y que anoche simplemente hubo un destello sobre la nuestra. Yo, además, tuve la suerte de verlo. No es lo mismo ver ese momento que el mero hecho de vivirlo. No es nada más vivir un momento de felicidad como el hecho de ser, además, partícipe consciente de él. Duró un segundo apenas, pero anoche, junto al metegol, yo lo vi.
Las cosas con Diego no andaban ni bien ni mal; andaban, como andan dos personas que se aprecian y que a veces se llevan mejor y otras no tanto, que a veces están más cerca y a veces más conectadas, a veces en la misma sintonía y a veces no. Pensé en saludarlo con un abrazo cuando me pasara a buscar. Un abrazo común y corriente, que no necesita ser ni muy fuerte ni muy intenso como tampoco muy prolongado ni ir acompañado de alguna caricia o palmada de la mano. Un saludo sencillo pero que no es nada más que un beso. Así lo hice cuando me tocó el timbre y bajé ya para partir juntos hacia lo de Marcos. Él no se esperaba el abrazo pero tampoco lo recibió con gran sorpresa. Quizá entendía a qué se debía, quizá en el fondo tenía en mente lo mismo que yo y por eso ninguno reparó indebidamente en lo que el otro había decidido vestir esa noche, como solemos hacer algunas veces. Esta vez apenas nos echamos una mirada disimulada y rápida, de reojo, y nada más.
Supe que él no se hubiera planteado la cuestión de la distancia a menos que yo le hubiera consultado si tomarnos un taxi o ir caminando hasta la casa de Marcos, que en definitiva desde la mía no está a más de unas ocho cuadras pero que probablemente a él le habrían parecido una barbaridad, por eso directamente eché a andar a pie. De hecho, desde Devoto a Palermo había pagado un taxi de ochenta pesos, ante lo cual yo, maliciosamente chicanero, exclamé “¡¿Quéee…?! ¡Un libro!”. “¡Ay, él, intelectual!” respondió con sarcasmo. La realidad es que cuando estamos juntos exacerbamos representaciones personales del otro supuestamente opuestas a las propias pero que en el fondo no lo son tanto. Así anduvimos todo el camino, tiroteándonos desde el humor con balines de goma pero, al final, con guiños, pellizquitos y risotadas como curitas.
Pienso que en lo de Marcos estuvimos bien. No sé si Diego también lo notó, y en cualquier caso ya no se lo preguntaría –sí, ante él soy muy orgulloso-, pero ahora que lo pienso fue lindo encontrarnos sentados en aquel living procurando de tan buena voluntad pasar una velada agradable en compañía de mis amigos, relacionándonos de manera espontánea y relajada, yo integrándolo a él (que tan distinto se me hacía respecto de Marcos y Gastón) y él integrándose a mis amigos. En definitiva, adaptándome yo a él y él a mí, más allá de toda diferencia. En mi versión más agradable, yo contaba anécdotas de adolescencia, chistes un poco burdos, hacía morisquetas, mímicas graciosas… en fin, los hacía reír a los tres. En medio de las bocanadas de carcajadas, sin que Marcos ni Gastón lo notaran, había especio entre él y yo para abstraernos un segundo de aquel living y mirarnos directo a los ojos con cierto aire de complicidad. No había tiempo entonces para darnos cuenta, pero quizá eso éramos él y yo conectados, quizá hasta sintonizados.
Creo que otro indicio pudo haber sido el gesto que tuvo Diego al interrumpirme en un momento dado de mi repertorio humorístico para tomarme la muñeca izquierda y acomodar un botón de mi pulsera de cuero. Fue un detalle menor, que duró apenas un instante, pero se trató de algo tan poco habitual en Diego y que además hizo con tanta espontaneidad (creo que ni él lo notó), que por ese instante, el instante que duró el gesto, Marcos, Gastón y yo quedamos perplejamente en silencio, ellos dos seguramente sonriéndose por dentro. Apenas logró encajar el botón, Diego se incorporó otra vez sobre el respaldo del sillón y, al retornar la expresión a sus ojos, con la mirada me indicó que continuara con el relato. Quizá no significó nada, quizá fue un gesto que podría haberlo tenido con cualquiera, y por eso mismo enseguida retomé la anécdota, aún cuando por dentro deseaba creer que quizá en ese momento Diego de verdad tenía puesta su atención en mí. Sin embargo, en cuanto quedamos los dos solos, mientras Gastón se ponía una camisa para ya partir al boliche y Marcos llevaba los vasos de cerveza a la cocina, surgió entre nosotros un silencio extraño, especialmente porque los dos permanecimos inmóviles, como congelados, con la mirada perdida en las imágenes de la pantalla del televisor, que había estado en modo mudo desde que llegamos, sin que ninguno emitiera palabra, sin que ninguno se animara –porque estoy seguro que no era más que una cuestión de ánimo- a rozar al otro con la mirada, aunque no fuera directamente a los ojos, al menos a las manos que permanecían estáticas sobre las rodillas de cada uno, como esperando o esperándose.
Fue oportuno que una vez en la pista del boliche pusieran cumbia para bailar. Nos ayudó a todos a terminar de entrar en confianza y liberarnos de la timidez para pasarla bien y divertirnos. Tenía miedo que, llegado el momento, al menos Diego y yo nos moviéramos sin gracia, con cara de póker, como por inercia y con la atención puesta a los costados, en la gente de al lado que siempre parece divertirse mucho más que nosotros dos, como suele sucedernos a veces. Sería el alcohol que ya empezaba a surtir efecto, pero esta vez, en cambio, nos cantábamos el uno al otro la letra de las canciones (o por lo menos las partes de las que yo conocía) con aire de teatralidad, nos hacíamos monerías con la cara y las manos, a veces apuntando con el índice en forma de reclamo, a veces guiñando un ojo, incluso hasta llegamos a tomarnos de la mano para hacernos girar con los brazos el uno al otro. Me sentí tan a gusto con él entonces que sin proponérmelo aferré mi cuerpo contra el suyo y lo besé en el cuello, un beso chiquito, suavecito, de los que me gusta a dar a mí cuando quiero empezar a entregarme, un beso que se hubiera convertido en uno más grande, más prolongado y húmedo, de no haber sido porque apenas identifiqué su perfume, el One Million que usa para salir, recordé que lo incomodan ese tipo de demostraciones en situaciones públicas y, resignado, bajé la mirada al piso y luego a un costado, a uno cualquiera, como si nada hubiera sucedido.
Yo le sostuve el saco a Diego y Marcos la campera a Gastón cuando subimos al piso de arriba a jugar al metegol. Podríamos haber jugado los cuatro, ahora que lo pienso, pero de lo contrario me lo hubiera perdido. Al momento, digo. Mientras observábamos el partido, Marcos me comentó algo al oído, no recuerdo bien qué, algo a lo que respondí negando con la cabeza. Entonces Diego metió un gol de repente y empezó a festejar con Gastón dedicándole un gesto obsceno con la mano sobre la entrepierna a los jugadores del otro equipo. Me reí. Con pudor, pero me reí. Y Marcos también. Y Diego y Gastón nos miraron y se rieron también. Y nos reímos todos, incluidos los del equipo contrario. Y de la nada apareció un chico cualquiera con una cámara réflex enorme entre las manos y nos pidió, o anunció directamente, una foto capturando a continuación aquel momento y a todos nosotros en medio del destello de luz.