Puede
que sea una idea fundada eso de que la felicidad en la vida diaria son pequeños
momentos, fugaces, pasajeros. Si efectivamente es así o no, no lo sé. Desconozco
si naturalmente se dan condiciones universales sobre la existencia; en todo caso,
pienso que cada vida constituye un universo de por sí y que anoche simplemente
hubo un destello sobre la nuestra. Yo, además, tuve la suerte de verlo. No es
lo mismo ver ese momento que el mero
hecho de vivirlo. No es nada más vivir un momento de felicidad como el hecho de
ser, además, partícipe consciente de él. Duró un segundo apenas, pero anoche,
junto al metegol, yo lo vi.
Las
cosas con Diego no andaban ni bien ni mal; andaban, como andan dos personas que
se aprecian y que a veces se llevan mejor y otras no tanto, que a veces están
más cerca y a veces más conectadas, a veces en la misma sintonía y a veces no. Pensé
en saludarlo con un abrazo cuando me pasara a buscar. Un abrazo común y
corriente, que no necesita ser ni muy fuerte ni muy intenso como tampoco muy prolongado
ni ir acompañado de alguna caricia o palmada de la mano. Un saludo sencillo
pero que no es nada más que un beso. Así lo hice cuando me tocó el timbre y
bajé ya para partir juntos hacia lo de Marcos. Él no se esperaba el abrazo pero
tampoco lo recibió con gran sorpresa. Quizá entendía a qué se debía, quizá en
el fondo tenía en mente lo mismo que yo y por eso ninguno reparó indebidamente
en lo que el otro había decidido vestir esa noche, como solemos hacer algunas
veces. Esta vez apenas nos echamos una mirada disimulada y rápida, de reojo, y
nada más.
Supe
que él no se hubiera planteado la cuestión de la distancia a menos que yo le
hubiera consultado si tomarnos un taxi o ir caminando hasta la casa de Marcos,
que en definitiva desde la mía no está a más de unas ocho cuadras pero que probablemente
a él le habrían parecido una barbaridad, por eso directamente eché a andar a
pie. De hecho, desde Devoto a Palermo había pagado un taxi de ochenta pesos,
ante lo cual yo, maliciosamente chicanero, exclamé “¡¿Quéee…?! ¡Un libro!”. “¡Ay,
él, intelectual!” respondió con sarcasmo. La realidad es que cuando estamos
juntos exacerbamos representaciones personales del otro supuestamente opuestas
a las propias pero que en el fondo no lo son tanto. Así anduvimos todo el
camino, tiroteándonos desde el humor con balines de goma pero, al final, con
guiños, pellizquitos y risotadas como curitas.
Pienso
que en lo de Marcos estuvimos bien. No sé si Diego también lo notó, y en
cualquier caso ya no se lo preguntaría –sí, ante él soy muy orgulloso-, pero
ahora que lo pienso fue lindo encontrarnos sentados en aquel living procurando
de tan buena voluntad pasar una velada agradable en compañía de mis amigos, relacionándonos
de manera espontánea y relajada, yo integrándolo a él (que tan distinto se me
hacía respecto de Marcos y Gastón) y él integrándose a mis amigos. En
definitiva, adaptándome yo a él y él a mí, más allá de toda diferencia. En mi
versión más agradable, yo contaba anécdotas de adolescencia, chistes un poco burdos,
hacía morisquetas, mímicas graciosas… en fin, los hacía reír a los tres. En
medio de las bocanadas de carcajadas, sin que Marcos ni Gastón lo notaran,
había especio entre él y yo para abstraernos un segundo de aquel living y
mirarnos directo a los ojos con cierto aire de complicidad. No había tiempo
entonces para darnos cuenta, pero quizá eso éramos él y yo conectados, quizá
hasta sintonizados.
Creo
que otro indicio pudo haber sido el gesto que tuvo Diego al interrumpirme en un
momento dado de mi repertorio humorístico para tomarme la muñeca izquierda y
acomodar un botón de mi pulsera de cuero. Fue un detalle menor, que duró apenas
un instante, pero se trató de algo tan poco habitual en Diego y que además hizo
con tanta espontaneidad (creo que ni él lo notó), que por ese instante, el
instante que duró el gesto, Marcos, Gastón y yo quedamos perplejamente en
silencio, ellos dos seguramente sonriéndose por dentro. Apenas logró encajar el
botón, Diego se incorporó otra vez sobre el respaldo del sillón y, al retornar
la expresión a sus ojos, con la mirada me indicó que continuara con el relato. Quizá
no significó nada, quizá fue un gesto que podría haberlo tenido con cualquiera,
y por eso mismo enseguida retomé la anécdota, aún cuando por dentro deseaba creer
que quizá en ese momento Diego de verdad
tenía puesta su atención en mí. Sin embargo, en cuanto quedamos los dos solos,
mientras Gastón se ponía una camisa para ya partir al boliche y Marcos llevaba
los vasos de cerveza a la cocina, surgió entre nosotros un silencio extraño,
especialmente porque los dos permanecimos inmóviles, como congelados, con la mirada
perdida en las imágenes de la pantalla del televisor, que había estado en modo
mudo desde que llegamos, sin que ninguno emitiera palabra, sin que ninguno se
animara –porque estoy seguro que no era más que una cuestión de ánimo- a rozar
al otro con la mirada, aunque no fuera directamente a los ojos, al menos a las
manos que permanecían estáticas sobre las rodillas de cada uno, como esperando
o esperándose.
Fue
oportuno que una vez en la pista del boliche pusieran cumbia para bailar. Nos
ayudó a todos a terminar de entrar en confianza y liberarnos de la timidez para
pasarla bien y divertirnos. Tenía miedo que, llegado el momento, al menos Diego
y yo nos moviéramos sin gracia, con cara de póker, como por inercia y con la
atención puesta a los costados, en la gente de al lado que siempre parece
divertirse mucho más que nosotros dos, como suele sucedernos a veces. Sería el
alcohol que ya empezaba a surtir efecto, pero esta vez, en cambio, nos
cantábamos el uno al otro la letra de las canciones (o por lo menos las partes
de las que yo conocía) con aire de teatralidad, nos hacíamos monerías con la
cara y las manos, a veces apuntando con el índice en forma de reclamo, a veces
guiñando un ojo, incluso hasta llegamos a tomarnos de la mano para hacernos
girar con los brazos el uno al otro. Me sentí tan a gusto con él entonces que
sin proponérmelo aferré mi cuerpo contra el suyo y lo besé en el cuello, un
beso chiquito, suavecito, de los que me gusta a dar a mí cuando quiero empezar
a entregarme, un beso que se hubiera convertido en uno más grande, más
prolongado y húmedo, de no haber sido porque apenas identifiqué su perfume, el
One Million que usa para salir, recordé que lo incomodan ese tipo de
demostraciones en situaciones públicas y, resignado, bajé la mirada al piso y
luego a un costado, a uno cualquiera, como si nada hubiera sucedido.
Yo
le sostuve el saco a Diego y Marcos la campera a Gastón cuando subimos al piso
de arriba a jugar al metegol. Podríamos haber jugado los cuatro, ahora que lo
pienso, pero de lo contrario me lo hubiera perdido. Al momento, digo. Mientras
observábamos el partido, Marcos me comentó algo al oído, no recuerdo bien qué,
algo a lo que respondí negando con la cabeza. Entonces Diego metió un gol de
repente y empezó a festejar con Gastón dedicándole un gesto obsceno con la mano
sobre la entrepierna a los jugadores del otro equipo. Me reí. Con pudor, pero
me reí. Y Marcos también. Y Diego y Gastón nos miraron y se rieron también. Y
nos reímos todos, incluidos los del equipo contrario. Y de la nada apareció un
chico cualquiera con una cámara réflex enorme entre las manos y nos pidió, o
anunció directamente, una foto capturando a continuación aquel momento y a
todos nosotros en medio del destello de luz.

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